Me he quedado con palabras, escuchándote, lentas, alegres y sentimentales. De aquéllas cuyo sentido se ha perdido relegadas a la cordura secreta de los locos.
Porque la Verdad no tiene juicio ni argumentos, pero ilumina los días y fulgura en las miradas.
Cuatro cientos de suspiros o confidencias, poemas, deseos o fórmulas, que me acercan al otro lado del espejo, a una imagen que lleva tu nombre y mi agradecimiento.